Martov: social-demócrata ruso

En el Partido Socialista de la Gran Bretaña se recuerda a Martov principalmente por su folleto El estado y la revolución socialista, en que hace una lúcida demolición de El estado y la Revolución de Lenin. El estudio de Israel Getzler (Martov: a political biography of a Russian social democrat [Martov: biografía política de un social-democráta ruso], Cambridge University Press, 70s) es la primera biografía que se publica de este líder de de los mencheviques. Si bien tiene varios defectos—de los cuales el menor no es el irritante nacionalismo judío del autor—, es sin embargo mejor que nada.

Al medir la contribución de Martov al movimiento de la clase obrera, es conveniente compararlo con Lenin, el líder de la fracción bolchevique del Partido Social-Democráta del Trabajo, ruso. La escisión menchevique-bolchevique de 1903 tuvo como centro principal las diferentes concepciones de cómo se debía organizar un partido demócrata-social. Lenin, con su actitud jacobina, deseaba (como Rosa Luxemburgo) “la ciega subordinación de todas las organizaciones del partido y su actividad, hasta el último detalle, a una autoridad central que piensa y actúa sola, y decide por todos”. Martov, por otro lado, estaba a favor de una organización que a grandes rasgos tomaba como modelo el PSD alemán. Esta no fue una controversia entre los socialistas—ya que ambos bandos aceptaban la necesidad de líderes y ambos eran oportunistas, dispuestos a aliarse con los antisocialistas, y tener su apoyo, si ello parecía políticamente viable.

Lenin y Martov se opusieron a la Primera Guerra Mundial, cierto; pero su posición ante el militarismo no fue consecuente con el socialismo. Así, pues, en la carta al Comité Central de los Bolcheviques, del 26-27 de septiembre de 1917, Lenin dice que “Sólo nuestro partido, habiendo cosechado una victoria en un levantamiento, puede salvar a Petrogrado, ya que si es rechazada nuestra oferta de paz, y no obtenemos ni siquiera una tregua, entonces nos volveremos “defensistas”, colocándonos a la cabeza de los partidos de la guerra, seremos el partido más ‘beligerante’, y emprenderemos una guerra de un modo verdaderamente revolucionario.” [Subrayado de Lenin.] De modo similar Martov denunció la paz de Brest-Litovsk, pidiendo “un llamado a filas por toda la nación”, y en un discurso ante la sesión combinada del Comité Ejecutivo de los Soviets, el Soviet de Moscú y los sindicatos, el 5 de mayo de 1920, se comprometió a que su partido diera apoyo a la guerra contra Polonia—aunque él deseaba una ‘guerra defensiva’.

Martov, sin embargo, habló por sí mismo cuando los bolcheviques se apoderaron del control del Estado. Como a los mencheviques no se les permitió compartir nada del poder político ya no tuvo mucha oportunidad de dilapidar su talento en problemas reformistas. Lejos de eso, pudo emplear sus conocimientos marxistas para perseverar en los esfuerzos de los bolcheviques por convencer a la clase obrera de que estaban construyendo un sistema Socialista en el imperio ruso. Cuando Lenin sugirió ‘el socialismo en un sólo país’:

    “si para la construcción del socialismo se requiere de cierto nivel cultural... por qué no se nos debe permitir a nosotros empezar por llevar por medios revolucionarios las precondiciones a ese cierto nivel, y luego más adelante, con base en el poder del Estado de los obreros y campesinos y el orden soviético, dar un paso adelante y alcanzar a las demás naciones (occidentales)”.

Martov fue capaz de regresarle a Lenin sus propias palabras, escritas en 1905:

    “Declaramos que es un agent provocateur que lucha por utilizar el poder del estado para realización del socialismo en la Rusia atrasada.”

Del mismo modo, cuando impusieron la pena de muerte, recordó a los bolcheviques su antigua posición: cómo ellos habían votado a favor de una resolución en contra de la ejecución en Congreso de la Internacional de Copenhague en 1910 y habían protestado en contra de la reintroducción de la pena de muerte en julio de 1917. Él acusó a Lunacharsky:

    Tú, A. V. Lunacharsky, tu que gustabas de ponerte frente a los trabajadores para describirles con palabras resonantes la grandeza de las enseñanzas socialistas; tú, que levantaste los ojos al cielo, exaltaste la hermandad de los hombres en la construcción del socialismo; tú, que denunciaste la hipocresía de una religión cristiana que permitía el homicidio; tú, que predicaste la religión del socialismo proletario: tú eres tres veces mentiroso, tres veces fariseo, cuando, en una pausa de tu embriaguez con frases baratas, ¡te volviste cómplice de Lenin y Trotsky, en la organización del asesinato, con o sin juicio previo!

Pero, a diferencia de la gran mayoría de los críticos de la Unión Soviética, Martov no se limitó a atacar los rasgos desagradables del régimen bolchevique—como el aplastamiento de la democracia y el uso del terror. Si bien reconoció que la revolución rusa era progresista históricamente, también reconoció su naturaleza capitalista, a pesar del idealismo de Lenin y sus coligados. Se dio cuenta de que los alaridos de los bolcheviques por la revolución mundial pronto daría paso a una pasión más ferviente por normalizar sus relaciones con el resto del mundo capitalista en cuanto emprendieran la tarea a que se enfrenta cualquier estado capitalista joven: el doble proceso de la industrialización y forzar al campesinado a convertirse en una masa asalariada. Tampoco cayó en la trampa de criticar la falta de democracia en Rusia partiendo de bases puramente éticas o morales. En lugar de ello, hizo contrastar la torpe y arbitraria represión dentro de la Unión Soviética con la afirmación de los bolcheviques de que estaban avanzando hacia el socialismo. Señaló que éste era un concepto primitivo que había sido popular entre los socialistas utópicos del siglo XIX. El elitismo de Babeuf, Witling, Cabet, Blanqui fue resumido por Charles Naine:

    “La minoría que posee el conocimiento de la verdad del socialismo científico tiene el derecho de imponerlo a la masa... Posteriormente, es decir, después de que el orden social ha sido trastornado enteramente por los dictadores socialistas, la libertad y la democracia serán reconstituidas”.

Martow adujo contra esto el argumento marxista. El socialismo, razonó, sólo puede ser alcanzado por una clase obrera con conciencia política. Es la experiencia de los trabajadores bajo el capitalismo lo que los impulsa a entender la necesidad del Socialismo y este proceso es incrementado por el grado de democracia que hayan ganado por sí mismos. El poder dictatorial esgrimido por una minoría de vanguardia, no importa lo sincero de sus intenciones, nunca podrá servir de sustituto. De ese modo los trabajadores siguen siendo una clase sometida y los dictadores, habiendo paladeado el poder, consolidan su propio dominio.

Este es el valor de Martov para la teoría socialista. A pesar de sus amargas críticas a los bolcheviques, siguió sin tener una opción real que ofrecer—de ninguna manera en términos revolucionarios, sin compromisos, como los del Partido Socialista. Pero como otros social-demócratas—Plejánov, Kautsky, Luxemburgo—, a pesar de todos sus errores, hizo una contribución al cuerpo general de la teoría marxista. A su lado, Lenin es una pálida sombra.